lunes, diciembre 04, 2006

Capítulo -4. Memorias de una hamburGueisa.

Érase una hamburguesa con queso a un hombre con gafas pegado, ésta es una manera breve pero acertada de definir a Luis, que no soy yo, si no mi amigo español en la City. Una excelente persona. Y no digo esto porque sé que más tarde o más temprano desde España leerá este blog, ya que me ha pedido varias veces la dirección al yo revelarle mi secreto más ciber. Digo que él es una hamburguesa pegado a un hombre, puesto que ha ido más de diez veces a una hamburguesería del centro. Fruncí el ceño al percatarme de que no hablaba ni de Macs ni de Whoppers. "Estoy enganchado", me confesó. "Es la mejor hamburguesa que he probado en mi vida", añadió mientras el sol dejaba paso a la luna como quien cede el turno en la cola del súper. Cuando mencionó el precio del menú se me erizaron los pelos de la nariz, "¿Cómo, 11$, pero qué pasa que te lo sirve Pamela Anderson directamente en la boca?", pregunté yo, con la misma expresión de asombro que el tío ese del cuadro "El grito", de Munch.


Intrigado hasta el ojete por la creciente notoriedad de esa hamburguesa, acepté la invitación de Luis a acompañarle al local a él y a su primo Charles, al parecer, el ideólogo de las excursiones previas, no en vano reside habitualmente en Manhattan. Mi primera sorpresa fue al descubrir que la hamburguesería se esconde detrás de un enorme telón grisáceo, desplegado en toda su majestuosidad en el hall de un hotel de lujo. Algo muy extraño. Es algo así como la aldea de Ásteriz en la Galia, un reducto de carne picada que ha resistido los envites del cemento de las cinco estrellas. No me preguntéis cómo. Pero doy fe de que así ha sucedido.

Al llegar la cola alcanzaba hasta la puerta, lo cual no es mucho decir debido a las reducidas dimensiones del sitio. Me salto toda la burocracia habitual frente al mostrador para hincar el diente al momento más relevante de la noche. Ahí vamos: Charles se había pedido dos hamburguesas, Luis y yo el típico menú. Cuando la desenvolví me llevé una decepción tan grande como las listas de boda, la hamburguesa era pequeña, más pequeña que una whopper, alcé la vista hacia Luis con la intención de pedirle la hoja de reclamaciones, sin embargo, lo único que pude ver fue sus carrillos a rebosar y la mirada perdida. Movido por la curiosidad más indecente, destapé la hamburguesa para toparme con una solitaria hoja de lechuga, que yacía bajo un tomate huérfano de amor. Acto seguido procedí según el protocolo: volqué ketchup y mostaza con mi maestría habitual, cerré la hamburguesa, me llevé el primer cacho a las trincheras de las glandulas salivales, y...
TO BE CONTINUED... TOMORROW.